#Barcelona

Un maletero, dos altavoces, unos platos y unas pocas latas de cerveza; así nació la OFF Week

By Paco Cavaller

May 31, 2018

Estamos echando la vista 20 años atrás. Nos situamos a finales del siglo XX. Por aquel entonces, Sónar Festival era EL festival. En el mes de junio, en Barcelona, no existía nada más. Durante tres días y dos noches, la mejor música electrónica avanzada del planeta se daba cita en la Ciudad Condal y nadie se atrevía a competir contra eso. Ni siquiera ellos. Soulblaster y Dj Gun-J no pretendían ser la alternativa. No pretendían contraprogramar al Sónar. No pretendían quitarle protagonismo. En realidad, ellos sólo querían asistir al festival, pero no tenían dinero suficiente para pagarse la entrada.

La pasión de Soulblaster y Dj Gun-J por la música electrónica fue lo que les unió. Un amigo en común les presentó y desde entonces fueron uña y carne. Ambos grababan con casetes sus temas favoritos cuando estos sonaban en la radio, pero no fue hasta que frecuentaron clubs más underground (y algún que otro after-hours) cuando descubrieron los géneros que verdaderamente les fascinaron. “Recuerdo el Working To The Bone de LNR o el French Kiss de Lil Louis”, cuenta Soulblaster en una entrevista a la revista digital Clubbingspain.

Imagen: © Soulblaster & Dj Gun-J

Las entradas al Sónar Festival costaban unas 4.000 pesetas (25€ aproximadamente). Puede parecer poco ahora, pero por aquellos tiempos eran cifras que picaban al bolsillo. Nuestros amigos no podían permitírselo y decidieron permanecer toda la noche del viernes por los alrededores de la Fira Gran Via vendiendo latas de cerveza. Con el dinero obtenido, se pagarían, por lo menos, la entrada del sábado. ¿Una noche entera en silencio? No, por supuesto que no. Soulblaster y Dj Gun-J tiraron de coche, maletero, altavoces y discazos. Una ecuación muy española, muy de Barna.

Vendían muy poco, por no decir nada, así que aquello se acabó convirtiendo más bien en un botellón. Durante la noche, algunos alargaron su entrada al festival por su culpa. Nuestros dos amigos no tenían intención de alargar mucho la aventura, viendo el escaso éxito obtenido, pero ya se sabe lo que sucede cuando alcohol y música unen fuerzas: pasaron las horas y comenzó a clarear. El estruendo proveniente de la Fira Gran Via pereció. Los festivaleros comenzaban a desfilar y los menos vergonzosos no dudaron en pararse a bailar alrededor de estos dos jóvenes cargados de cerveza. Casi sin darse cuenta, se habían convertido en los héroes del after-hours. Aquello tenía que repetirse.

Imagen: © Soulblaster & Dj Gun-J

Sucedió un viernes. Repitieron el sábado. Y, sí, también el domingo. Tres amaneceres a las afueras del Sónar con Soulblaster y Dj Gun-J. Al año siguiente, de nuevo. Y al siguiente, claro está. Los dos jóvenes barceloneses se habían convertido en “los del after del Sónar”. Aquello se había convertido en “el Anti-Sónar”. Un nombre, por cierto, que no les gustaba en absoluto. Así lo contaba Soulblaster en Clubbingspain: “Un verdadero Anti-Sónar tendría que consistir en hacer algo muy diferente a lo que se hace en el Sónar. Por ejemplo, en lugar de bailar con música a todo volumen, podríamos juntarnos para leer El Quijote, rezar el rosario o cantar zarzuelas, que sé yo.”

No había nada que hacer. El Anti-Sónar fue un concepto que se extendió por toda Barcelona. Cada año, el Sónar sólo era lo que precedía a los afters callejeros al puro estilo ravero. Cada vez con más DJs amigos que se apuntaban al guateque. Cada vez con más público. Pero siempre con un horario similar, que nunca se excedía. Las 11 de la mañana solía ser la hora límite. La Guardia Urbana (la policía local de la ciudad) dejó caer alguna que otra multa, pero nada que impidiera la viabilidad de estas fiestas. Cada vez más profesionales del sector olieron la tentación de hacer algo parecido.

La historia empezó a cambiar al entrar en el siglo XXI. Camiones llegados incluso desde el extranjero, “al estilo Mad Max”, según contaba Dj Gun-J en Clubbingspain, presentaban soundsystems imperiales y organizaban fiestas que duraban toda la noche. “Eso sí era el verdadero Anti-Sónar. Aquella gente le hacía la competencia directa al festival”, aseguraba Soulblaster. Fue entonces cuando decidieron dar un paso al lado y ver los toros desde la barrera. La semana del Sónar se convertía, año tras año, en un descontrol cada vez mayor, en algo único que se ganaba los rumores alrededor del continente. Tanto, que cada vez eran más los clubbers que llegaban esos días a Barcelona para, directamente, irse de rave sin pasar por el festival. Bueno, bonito y barato.

La policía lo cortó de raíz al cabo de pocos años, pero la idea de que Barcelona se ponía patas arriba esa semana quedó instaurada. Muchos promotores se pusieron en marcha para encontrar los espacios idóneos y conseguir los permisos necesarios. Cada año eran más los eventos diurnos, principalmente open-air, que proponían alternativas al Sónar mucho más asequibles en lo económico. A diferencia de lo que sucedía con los organizadores de raves, mucho más descuidados, los promotores de estas fiestas legales rechazaban el uso del concepto Anti-Sónar. Querían evitar la confrontación. No iban en contra de nadie. Sólo eran “la otra opción”. Comenzó la época del “OFF Sónar”, algo que luego se convirtió en la “OFF Week” para evitar depender tanto del festival.

Imagen: © Soulblaster & Dj Gun-J

Actualmente, nadie falla a la cita. Sónar celebra 25 años. La OFF Week ronda la década (en algunas plazas ya la superan y en otras están sólo empezando). Son dos gigantes que caminan independientes. Sónar existiría sin el OFF y el OFF existiría sin el Sónar. Es la semana de la electrónica, la semana en la que (casi) todo vale. Los afterhours ya no son legales como antaño, pero infinidad de plazas, terrazas, barcos, parques y clubs conforman una red de eventos sin igual. Y no hay un solo DJ de la escena techno y house internacional que no se pase por Barcelona durante esos días. En la actualidad, la OFF Week no se parece en nada a aquellos afters de Soulblaster y Dj Gun-J. Ahora es un macro evento. Algo cuyo final no se atisba en el horizonte.