El fin de semana en Barcelona, donde lo peculiar, lo curiosamente excéntrico o quizá lo levemente perturbado se reúne bajo los mismos parámetros para digerir las creaciones bellas y maníacas de los artistas digitales. Por muy experimental que haya demostrado ser el festival, la música y su intersección con el arte visual no podrían tener más sentido: capturan un deseo compartido de sentir algo distinto, algo más desafiante, tanto a nivel sonoro como visual, para nuestros sentidos y nuestra manera racional de consumir arte.
Al llevar al límite lo que el mundo digital puede ofrecer creativamente, MIRA Festival se consolida como el encuentro anual para los intrépidos; un refugio seguro para los amantes de la música electrónica que quieren dejar volar su lado experimental, y un espacio donde los creadores visuales tienen la libertad de hacer exactamente lo que les da la gana. Estuvimos en el evento, y esto fue lo que vivimos.
Día 1: Distorsión y caos visual
El primer día de MIRA Festival fue, como mínimo, una experiencia increíble. Ya desde la entrada, con Boreal Lights deslizándose por encima de nuestras cabezas y arrastrándonos hacia un acogedor corredor luminoso, sentimos una bienvenida cálida e hipnótica. Esta primera instalación, diseñada por la agencia barcelonesa de artes digitales Landscapes, marcó el tono de todo lo que vendría después.
Al cruzar ese primer umbral, el espacio se abría hacia el centro del laberinto industrial de Fira Montjuïc, lleno de luces radiantes y paisajes sonoros reactivos que guiaban a la multitud más y más hacia el interior del festival. Era imposible pasar por alto la instalación de Lumus Instruments, que desplegaba su propio patio de creatividad junto a Maarten Vos y Enequist, construyendo una estructura audiovisual formada por barras LED inclinadas en fila, diagonalmente hacia el suelo. La gente se sentaba debajo, donde las luces ondulaban de un lado a otro, entrando y saliendo, haciéndote sentir extrañamente pequeño ante todo ello.
Tropezando unos pasos más adelante, los visuales Cíclic de Ferran Belmon ampliaban ese mismo diálogo con una pantalla suspendida entre dos haces de luz y respiraciones sistemáticas de humo. Parecía a ratos un experimento científico (en ciertos momentos, la luz formaba patrones que recordaban al ADN) y a veces ese tipo de sueño del que no logras ubicar bien donde estas. A esas alturas, entre el estruendo de fondo del escenario principal y el caos audiovisual rebotando por toda la sala, cada escultura resultaba tan sobrecogedora como la anterior.
A diferencia de las nubes de humo que trazaban formas entre los haces de luz, Manifiesto Terrícola de Solimán López nos llevó a otra órbita. Con un único láser cortando lo que parecían bloques congelados y reflejándose en patrones fracturados, el artista lo describía como “una topografía especulativa del archipiélago de Svalbard”. Una meditación sobre cómo el cambio climático es tan alarmante como latente.
Es curioso cómo siempre encontramos maneras de descargar dolores profundos u horrores compartidos en formas tan bellas. Especialmente en el ámbito de las artes visuales, luchando por encontrar sentido dentro de un mundo tan vasto, electrónico y guiado por el sonido. Como la instalación flotante The Media Cube, una pieza creada por estudiantes de posgrado de Elisava, que apilaba viejas pantallas de televisión y dispositivos modulares en una reflexión cyberpunk sobre cómo nos comunicamos hoy. O ese saco de boxeo con sensores creado por estudiantes de La Salle Bonanova, que convierte la rabia contenida en sonido y movimiento. Probablemente la vía más inofensiva para canalizar la frustración existencial que uno podría imaginar.
En cualquier caso, con los ojos pidiendo un descanso y los oídos empezando a inquietarse, el paso de las instalaciones visuales al sonido en directo fue totalmente fluido; la actuación de Byetone golpeó con precisión en el escenario Voll Damm, deleitando los sentidos con su techno minimalista, de inclinación industrial y actitud punk, mientras unos visuales que recordaban ondas sonoras se ondulaban en la pantalla. El efecto fue bastante hipnótico. Y si una de nosotras no hubiera estado muriéndose por ir al baño, nos habríamos quedado para el resto del set.
El caos nos alcanzó de vuelta, chocándonos con Perros, de Lolo & Sosaku. Para situarte: una gran multitud reunida, luces parpadeando, la mayoría con cara de shock… y el sonido, bueno, ¿cómo se describe eso? Abriéndonos paso entre la masa, apareció una orquesta robótica, con máquinas manipulando objetos para crear ruido de forma autónoma. Es en estos momentos cuando sientes una especie de camaradería con los demás oyentes. Porque el sonido industrial y de cemento no es precisamente un llamado al placer obvio, pero es fascinante, purificador, y estás ahí digiriéndolo junto a un montón de desconocidos.
El doom metal de Divide and Dissolve llegó para sellar ese mismo sentimiento. Actuando en el Escenario Landscapes, sus guitarras distorsionadas se plegaban en impredecibles progresiones psicodélicas. Era un sonido post-punk que se revelaba dentro de una música cargada de drone. Su actuación fue visceral y pesada, pero profundamente catártica: un contraste perfecto antes de que Floating Points tomara el control total del espacio con su pieza de larga duración Cascade. Nos regaló una muestra de esos ritmos bailables y ambientales que domina tan bien, siempre un valor seguro.
Optamos por comer algo, pero ya estábamos demasiado metidos en el ritmo del festival. Así que acabamos en el set de Lechuga Zafiro y Verraco. Resultó ser el combustible que necesitábamos para entregarnos una última vez. Su sesión fue como una bocanada de aire fresco: una selección ecléctica que pasó del ambient al IDM, estallando en la euforia de ritmos galopantes de club, grooves tribales e incluso una inesperada y divertidísima cumbia de Los Turros que puso las manos de todo el mundo en el aire. La enorme variedad de temas incendiarios y la energía altísima de ambos artistas justificaron perfectamente el nombre: Hyperverbena.
Día 2: raves industriales y menos neblina
El sábado, apenas nos movimos del escenario Voll Damm. Una vez allí, básicamente nos quedamos pegados. Aunque, obviamente, surgieron misiones secundarias.
Deambulando de nuevo entre el caos visual, el destino era Amnesia Scanner & Freeka Tet abriendo con S.L.O.T.H.. Su colapso de sala de máquinas fue intencionado; industrial, mutando a veces en trap y luego derrumbándose en un rave absoluto. Fue bastante salvaje. Y, siendo sinceros, Freeka Tet se robó completamente el show con sus visuales. Su animación virtual era una mezcla de marionetas, diorama y movimiento inquietante que acompañaba a la perfección el caos calculado de la música. Y, teniendo en cuenta lo que hizo en el siguiente concierto con Oneohtrix Point Never, se lo robó aún más.
En algún momento entre ambos sets, una misión secundaria nos llevó a la segunda mitad del set de I AM JAS, que disipó la intensidad anterior con grooves místicos, profundos, downtempo y sus voces armonizadas. Pero de vuelta en el Voll-Damm, Oneohtrix Point Never y Freeka Tet retomaron el desorden y, de alguna manera, lo transformaron en un despegue ambient. Igual de desconcertante, pero igualmente brillante, Freeka Tet añadió un giro: usando una videocámara, grababa sus visuales con estética de videojuego sobre una pantalla antigua, dejándolos fallar de vez en cuando en abstracciones raras pero muy, muy potentes.
Mientras que OPN se inclinó hacia unos visuales más surrealistas, casi como un diorama vivo, los visuales de Flying Lotus fueron más arquitectónicos. Combinados con su mezcla de hip-hop, drum and bass y un estilo claramente vanguardista, todo derivó de manera natural hacia lo experimental. Especialmente cuando más tarde apareció Blawan, acompañado por algunos de los mejores visuales hasta entonces. Se nota que el tipo viene de Thurnscoe, en lo más remoto del Reino Unido, porque su sonido es puro filo: un híbrido entre garage y techno con un tinte industrial muy calculado, acompañado de geometrías metafísicas en la pantalla que eran, simplemente, un viaje. ¿Qué puede ser más MIRA que eso?
Y para cerrar la noche, después de marearnos en la experiencia del domo volador, agotamos las últimas gotas de energía con Marie Davidson, quien reunió a una multitud mucho más grande de lo esperado y cambió por completo el rumbo. Su set tiró hacia lo más clubby, manteniendo sus característicos fragmentos vocales pero empujando hacia un territorio más rápido y contundente.
MIRA Festival 2025 superó nuestras expectativas — qué sorpresa.Con los oídos bien despabilados y la mente agradablemente revuelta, cerramos otro capítulo sintiéndonos renovados y, cómo no, ya con ganas de más.